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    09 februari

    Dios no era malo... es que quería ir a la piscina

    Pelín vivía feliz en su parcelita de epidermis, en el continente de la tibia, cerca de un oasis marrón que los ancianos llamaban con el nombre de Lunar. Junto a su mujer y sus cinco hijos llevaba una vida apacible y acomodada.

     

    Aunque sus tierras eran secas, cada cierto tiempo una lluvia torrencial las regaba y, a pesar de que pronto volvían a secarse, disfrutaban de esos momentos de felicidad, dejándose embriagar por aquella agua reconfortante venida del cielo.

     

    Sus vecinos estaban a muchos epiteliales de distancia, pero sin duda eran buenos vecinos. Y como él, se sentían orgullosos de lo que eran, mostrándolo de tanto en tanto, todos erguidos en su vanidad. Incluso en los momentos donde el frío penetraba en sus raíces. De hecho, más erguidos se mostraban, como dando a entender que aquello no menguaría su empuje por seguir creciendo.

     

    Los ancianos, que preferían crecer encorvados, saliendo cuanto apenas a la superficie de la epidermis, contaban a menudo terribles historias sobre algo parecido a un OVNI, que solía presentarse en la época estival, segando a los orgullosos que aún se atrevían a mirar al cielo, desafiando al dios que les permitía aquellas tierras, les brindaba el agua y las tormentas y alimentaba sus raíces.

     

    Pelín no se creía aquellas historias. Las había oído desde niño y, aunque nunca vivió una época estival, estaba seguro que cuando ésta llegara el OVNI rugiente al que apodaban Satinelle, no aparecería.

     

    Hacía mucho tiempo conoció a otro como él, venido de otro continente llamado Monte de Venus, que decía estar solamente de paso y que se presentó a él con el nombre de Rizo Morenito, de apellido Púbico.

     

    Morenito había decidido pasar sus últimos días de vida, viajando, conociendo otras tierras más allá de su continente. Su raíz ya no estaba anclada a la tierra y, aunque Pelín lo tomó primero por un loco –escandalizándole horrores la idea de alejarse del calor de su epidermis–, mostró gran interés por las historias que contaba.

     

    —Entonces, ¿jamás han visto a ese OVNI que llaman Satinelle? —preguntó con algo de escepticismo.

    —Pues la verdad es que no, hijo. Cada mucho aparece el enviado de Dios, montado en su caballo de nombre Gillette, y a todos aquellos que se han alejado demasiado del redil los sesga casi a la altura de la raíz, como castigo. Mientras que los que no deciden explorar más allá de las tierras que nos fueron asignadas, vivimos tranquilos y sin sobresaltos, hasta que morimos de viejos o se nos recompensa, permitiéndonos un último viaje hacia tierras lejanas. Como éstas, por ejemplo.

    —Y ¿por qué Dios no arranca de raíz a los que no siguen su voluntad?

    —Porque Dios es magnánimo y quiere a sus hijos. Les castiga duramente, pero lo único que quiere es aleccionarlos. Aunque si bien es cierto, que el último año fueron castigados con mayor virulencia por su osada rebeldía. Así, Dios escupió desde el cielo una lluvia de fuego, densa, espesa como la lava. Cuando ésta se enfrió, sus ángeles retiraron el manto y arrancaron a los rebeldes de la tierra. Sí. Temblamos mucho aquel día.

    —Tu Dios es justo —convino Pelín en voz alta—. Aquí, en este continente, tienen demasiado olvidada la ley de Dios y racionalizan las cosas científicamente. Quién sabe. Tal vez lo que aquí llaman OVNI, no sea más que uno de esos ángeles del Dios de los que me acabas de hablar.

    —Es posible. Dios está en todas partes y a él le debemos nuestra existencia.

    —Y, decidme, anciano, habéis visitado ya muchas epidermis como ésta.

    —Pues en el camino he encontrado tierras donde hermanos rubios, delicados y hermosos poblaban hectáreas y hectáreas de epidermis y, por lo poco que pude entender, pues hablaban en un dialecto dulce y melodioso que nunca mis oídos escucharon con anterioridad, llevaban allí desde tiempos inmemoriales y Dios les trataba con cariño y benevolencia. Sin duda, muchacho, aquello debe ser lo más parecido al cielo.

    —Vaya. ¿Existirá también un infierno?

    —Lo más probable, muchacho. Dicen que en la epidermis Alta, allá en el continente que es como una cueva, existe un lugar que llaman Axilas y que en contadas ocasiones recibe la luz del día y su epidermis suele segregar a la superficie un líquido a veces nauseabundo. Si existe un infierno, sin duda debe de ser ese.

     

    Pelín rumió las palabras del anciano, casi degustándolas con deleite. Poco después se despidió de él cuando el motor de su vehículo volvió a cargarse de gravedad. En los días siguientes soñó con tierras fértiles y vecinos delicados de tez amarilla, casi blanca, casi translúcida. Hasta que cierto día, aquellas historias que había escuchado de niño se tornaron pesadilla.

     

    El cielo tronó y una sombra espectral hizo acto de presencia. Era el horror personificado. No podía ser. Aún no estaban en época estival.

     

    —El Apocalipsis. ¡El Apocalipsis! —rugieron histéricos los ancianos tratando de esconderse aún más si cabía bajo la superficie.

     

    Aquella bestia feroz, de dientes metálicos, se posó sobre la tierra y con sus fauces bien abiertas comenzó a engullir y a engullir. Los gritos de sus vecinos podían oírse por todas partes. Gritos desgarradores que le hicieron temblar hasta la raíz.

     

    Algunos de sus compatriotas osaron hacerle frente al demonio apocalíptico, erguidos, seguros de que ellos aguantarían las embestidas. Sí, algunos resistieron, pero la bestia sólo les daba falsas esperanzas, en realidad. Porque cuando creyeron perderla de vista, volvió aún más feroz, aún más insistente, hasta que acabó arrancando a sus osados vecinos de la epidermis.

     

    Pelín rezó y rezó. Rezó a aquel Dios del que el anciano le había hablado. ÉL sólo castigaba a los rebeldes y, aunque sólo habían sido historias, creyó fervientemente en su existencia.

     

    El demonio rugiente pasó sobre su parcela de epidermis. Pelín quiso huir, salir despavorido, pero su raíz se negaba a responderle. Y como un huracán sintió las dentelladas de la bestía, tratando de engullirlo. Pero él siguió rezando y rezando. Los minutos se le hicieron interminables. Perdió la razón y también la consciencia. El ángel de la muerte lo abrazó.

     

    Los minutos se le hicieron eternos y, poco a poco, dejó de oír aquel rugido ensordecedor.

    Ante su incredulidad, comprendió que seguía con vida. Mutilado, pero su raíz aún firme en la tierra. Tal y como el anciano le había dicho que les pasaba a los rebeldes en su continente.

     

    Echó un vistazo rápido en derredor y llamó desesperado a su mujer y a sus hijos. No hubo respuesta. Dios no había tenido piedad con ellos y los apartó de su lado. Aunque Pelín comprendía. Claro que comprendía. Debió avisar a su familia para que ellos también rezaran. No lo había hecho, no se le había ocurrido, y así lo pagaba.

     

    Pelín seguía con vida. Parte de su cuerpo cercenado, pero su raíz aún intacta. Dios le había dado una segunda oportunidad y no la desaprovecharía. Tal vez se decidiera crecer bajo la superficie como los ancianos. O tal vez volvería a rehacer su vida. Conocer a una mujer, tener nuevos hijos… Bueno, qué más daba. Sus deseos estaban sometidos en realidad a la voluntad de Dios. Un Dios al que había aprendido a temer, a respetar… pero sobretodo a creer en él por encima de todas las cosas.

     

    04 januari

    Daño Colateral

    Hormonar es un asco, punto, no hay más. Llevo un par de días sintiendo rebeldes a mis hormonas, ahí, jodiendo la marrana. Y al contrario que estar reglosa, que la sufres en silencio (o no, todo depende de lo dolorosa que sea) y sólo otra mujer como tú puede entender tu desdicha (más que nada porque igual que no entendemos lo doloroso que es una patada en los cojones, ellos tampoco entienden eso de que te cojan por los ovarios y te estiren para abajo -sorry, una coña interna que no he podido evitar); estar hormonando no sólo te afecta a ti, sino a los que están a tu alrededor. Lo que alguien denominó una vez como daños colaterales.
     
    Hormonar es como un embarazo concentrado en una semana, más o menos. Empiezas a ser consciente de que hormonas, no por las evidencias físicas, sino por las emocionales. Ver la tele es sinónimo de llorar. Un completo suplicio. Sí, ya sé que no hace falta hormonar para echarse a llorar ante la mierda de programación que tenemos. Me refiero a cosas como: el rosa ya no te parece cursi, sino encantador; los niños te parecen supertiernos, incluido daniel el travieso; los anuncios de colonia te hacen lagrimear y no porque pienses "dios, la puta botella de 3 cm de alto debe costar una pasta". Yo cuando las hormonas me gritan pongo en cuarentena la tele.
     
    Todo eso importaría tres pimientos a cualquiera, como ya he dicho, si no fuera porque tus hormonas tienden a joder a la gente que está a tu alrededor. A las otras mujeres porque las "infectamos" -ya me conocéis, cuando activo mis antenitas no dejo ni una a salvo- y a los hombres... uf. Tienden a irritarnos con facilidad pasmosa.
     
    Pongamos una situación antes de hormonar:
     
    -Hola María -dice él al encontrársela por la calle, o en el msn o donde sea-, ¿cómo estás?
    -Hombre, Juanito, cuánto tiempo. Pues bien ¿y tú?
    -Bien, gracias. Hace mucho que no nos vemos. ¿Te apetece quedar un día?
    -No estaría mal, la verdad.
    -¿El martes te viene bien?
    -Perfecto.
    -Entonces no vemos el martes.
    -Hasta el martes.
     
    Pongamos esa misma situación con la mujer hormonando:
     
    -Hola María -dice el pobre infeliz-, ¿cómo estás?
    -Mal.
    -Esto... vaya. Lo siento. Oye, hace mucho que no nos vemos.
    -¿Qué insinúas? ¿Que acaso no te atiendo lo suficiente, que paso de ti como de la mierda? Porque si es así no te cortes, dímelo a la cara. Vamos.
    -A ver María, tranquilízate, que yo sólo...
    -Si yo estoy muy calmada. ¿Me estás llamando histérica?
    -Bien, mira, déjalo. Yo sólo quería quedar contigo porque hace mucho que no nos vemos.
    -¿Y qué pasa? ¿Ahora no quieres quedar? ¿Qué tengo de malo, eh? ¿Qué tengo de malo?
    -Nada, María. Veo que hoy no es un buen día para decirte nada.
    -Pues no, no lo es.
    -Mira, dejémoslo para otro momento. ¿El martes te viene bien?
    -No lo sé.
    -Bueno, pues cuando lo sepas me avisas.
     
    Él se retirará pensando ¿qué mosca le habrá picado a ésta? Y ella se echará a llorar pensando ¿por qué él no insistió más, si el martes me venía cojonudo?
     
    Pues eso, que hormonar es un asco no sólo por todos los sentimientos que se desatan en tu interior, sino porque algo que sólo debería afectarte a ti, influye sobre los que te rodean. A veces incluso con consecuencias desastrosas. Yo llevo desde el domingo muy susceptible. El lunes tuve dos broncas y ayer otras dos. Todas ellas se solucionaron, pero ayer cuando llegué a casa, encendí la tele y me puse a lagrimear viendo un anuncio de telefonía móvil me dije: "mierda de hormonas y suerte de amigos".
    23 september

    Podando

    Ayer al llegar a casa tuve que tomar una determinación. No fue nada fácil, pero las circustancias me vieron empujada a ello. Arrastré los pies hasta llegar al cuarto, rebusqué entre mis bártulos y allí lo hallé. El artífice del mayor de los genocidios aquella tarde: la Satinelle de Philips.
     
    Sentí cómo los pelos de mis piernas se agitaban debajo de mi pantalón, conscientes de lo que iba a tener lugar en pocos minutos: La Poda. Y cuando me puse en cueros de cintura para abajo y contemplé el espectáculo formado, me embriagó el remordimiento. Ante mí, pelos de todos los tamaños y formas ondulaban y se retorcían tratando de huir del desastre, pero conscientes que caerían bajo el yugo de las leyes estéticas sociales impuestas por hombres y mujeres que seguro que no tenían otra cosa que hacer en su vida más que entretenerse arrancándose pelos de las piernas.
     
    Podía oír sus gritos: "no... no... por favor... Te hemos sido fieles. Llevamos juntos desde el principio. Hemos ido creciendo contigo. ¡Has visto crecer a nuestros hijos! Nos engañaste. Nos acogiste durante todo el verano y ahora nos traicionas por meterte en vikini dentro de un yakuzi. ¡Materialista!"
     
    Sí, fue duro. Una auténtica carnicería. Empecé a pasar la podadora y los cuerpos arrancados de su hogar comenzaron a volar por los aires. Flus, flus, flus, flus... un infierno repleto de masacrados cuerpos capilares.
     
    La tarea fue árdua y difícil. Tardé unas dos horas en llevar a cabo el esterminio. Incluyendo la llamada de teléfono de Irene desde Canadá, el cambio de tinta de la impresora que mi hermano era incapaz de cambiar solito, el cigarro de la victoria por exterminar la población de la pierna derecha y por último, tratar de encajarme la espalda en su sitio después de tanto tiempo en postura tan incómoda. Sí. Dos horas en las que poco a poco el manto negro fue desapareciendo dejando paso a una piel lechosa que nada más asomar un ojo no tuvo otra cosa que hacer que recriminarme el porqué no le dio el sol en todo el verano. Aaaains. Qué difícil es mantener las partes de una contentas.
     
    Hoy, día después de la gran masacre, me siento rara. Diría que más ligera. Siento los camales del pantalon rozando mi piel... es una sensación tan extraña... Creo que siento hasta frío... Mmm... Me pregunto yo ¿qué es lo que sentiré cuando le toque el turno al monstruo peludo que vive entre mis piernas y crece sin control? Yo creo que ese... será más rencoroso. A él sí que hace demasiado tiempo que no le da el sol y me da a mí que ya le ha cogido el gustillo. ¿Con qué cara le digo yo... que lo podaré además... sólo para aparentar?
    23 mei

    Visitas No Deseadas (No apto para gente escrupulosa)

    Desde mi humilde punto de vista, creo que no hay sensación más horrible en la vida de una mujer, que ser consciente en el peor de los momentos, que la menstruación ha llamado a tu puerta. Ir de viaje, mmm... no sé, de Valencia a Alicante (por poner un ejemplo, no porque haya ido allí este fin de semana), y a mitad de camino sentir el dolorcillo. Sí. Notas como tus ovarios se lo pasan en grande haciendo la ola en tu interior y cómo les responden los riñones desde el fondo sur. Ueeeeeh. Ueeeeeeh. 

    Tú reacción ante tal hecho será la misma: primero piensas "pues bien empezamos el viaje. Menuda jodienda" porque sin duda sabes que te acabas de joder el fin de semana y luego, dándote una palmada sobre la frente piensas "mierda! ¿Me he traído compresas? ¿Metí las compresas en la maleta? ¿Y bragas? Ah, sí claro, bragas siempre, uf, menos mal, porque ahora mismo las debo estar poniendo perdidas... ¡y no veo ni un puto cartel de gasolinera para parar y entrar en los aseos! ¡Mi coche! ¡Voy a manchar mi coche!".

    Pero claro, la culpa en este caso es mía. Los síntomas estaban claros, pero pensé -ilusa de mí- que este fin de semana era sagrado para mí y mis hormonas me lo respetarían. Porque durante una semana habían estado ahí dándome la murga. ¿Te pones a ver un anuncio de bebés? Lloras. ¿Ves en el zapping El diario de Patricia? Lloras. ¿Viene alguien de repente y te pregunta "hola, qué tal estás?"? Sacas las uñas, los dientes y te cebas con furia ante el osado, mientras él (o ella), yace en el suelo echo un ovillo y tartamudeando "vale, ya veo que mal. No hace falta que seas tan gráfica". ...Sí. Así estaba yo la semana pasada. Lo admito.

    Aunque existe un momento peor todavía. Cuando estando reglosa te das cuenta que no te quedan tampones y tienes que volver a recurrir a las compresas. Hum... si no hay más remedio. Te autoconvences de que las compresas de ahora no son las de antes (totalmente cierto; a mí me bajó por primera vez a los 9 años y por aquel entonces aún se utilizaban paños... hasta que pasaron a esas compresas Ausonia que eran eso precisamente, pañales, de tamaño más reducido pero pañales... y hacer kárate con un pañal de esos como yo tuve que hacer no es agradble, es sumo). La cuestión es, te pones tu compresa y... bueno... no está mal... La primera media hora. Luego aquello empieza a sudar, cada vez que te sientas tienes la sensación de tener una esponja entre las piernas y cada vez que la aprietas rebosa, estás tan paranoica que hueles un tufo extraño, te obsesionas con si parecerás un vaquero andando... Total un coñazo y un suplicio.

    Eso sí. No quiero dejar de lado esos dolores molestos. Hay a quien le duele más y a quien le duele menos. En mi caso, muchas han sido las veces que he acabado llorando en la cama y pidiéndole a mi madre que o me llevaba al hospital o con la sierra de carpintero de mi padre me partía por la mitad, a la altura de los riñones (dato verídico y no exagerado, lo juro). Y más aún recuerdo a uno de mis antiguos jefes, yo con un careto de muerto y un dolor insoportable, decirle "me encuentro fatal, estoy malísima" y él responderme tan tranquilo "la regla no es ninguna enfermdad, así que no puedes decir que estás mala". Ese día mi autocontrol fue digno de elogiar, porque mi mente sólo veía sus huevos desparramados por el despacho. Como no estás irascible ni nada... y él no era gilipollas...

    Eso sí, explicarle a un tío que cuando estás con la regla, nada de nada... es pegarse contra un muro. "Pero ¿por qué? Si eso es algo natural?". ¡No es algo natural! ¡Es un jodido castigo! Si tu eres un cerdo me parece cojonudo, pero yo me siento sucia, pringosa y ¡me llega el olor a pescadilla hasta a mí! Arg! No seas tan guarro sólo porque te apetece mojar y te duele la muñeca. ¡Aprende a usar la otra!

    Sé que este post no es nada agradable, pero no es precisamente agradable como me siento en estos momentos. Me veo fea, gorda y apestosa. Mmm... estoy tan deseable en estos momentos... que me drograría con Nolotil hasta las cejas para compensar el éxtasis. Al próximo anuncio de "Soy feliz de ser mujer", no respondo. No respondo!

    13 mei

    Crecimiento Horizontal

    Horizontalmente inestable. Es así como puedo definirme a día de hoy. Comprobado. No me basta con ser sólo una masa de gelatina que ondula con pasmosa elegancia hipnótica e incontenible, sino que además varío de tamaño constantemente, aunque la tendencia jamás será a favor de la verticalidad, como ya me temí hace tiempo.

    Pero lo mejor sin duda de este estado es cuando eres consciente de la sutilidad de algunas personas. "Tía, mira qué gorda estoy -comentario típico a una amiga", "Que va, si estás bien -suele responder" y pienso yo... ¿¡Por qué mientes!? No... me digas... ¡mentiras! Estoy gorda y punto y lo sé mejor que nadie. No te pregunto si estoy gorda, sino que te AFIRMO que lo estoy. ¿O es que acaso debo pensar que los pantalones encogen por "reducción espontánea" fenómeno muy común entre las prendas féminas? Tal vez debo pensar que no me puedo subir la cremallera... porque son metálicas y, claro, el metal se oxida con el tiempo y esas cosas. Cuando me pongo una camiseta ajustada, por ejemplo, y ésta empieza a subirse sútilmente hasta pararse en el estómago, no es porque el crecimiento de mi barriga empuje la tela hacia arriba, no. En realidad es que la camiseta busca el contacto exclusivo con mis tetas que le molan más, ¡no te jode!

    Pero siendo franca, supongo que mi obsesión por la delgadez -a parte de un trauma infantil... y no tan infantil- deriva, no de una aceptación social, sino de un sentimiento ficticio, una convicción errónea de que obtengo seguridad en mí misma. La seguridad, por ejemplo, de que dejo de ser la chica maja y simpática para convertirme en la tía buena y, por tanto, con derecho a elegir. Que si lo analizamos fríamente, es un deseo de dominación y autosuficiencia. Un egoismo camuflado en apariencia. No obstante, aún sigo pensando que debo perder peso como sea.

    No es fácil, por supuesto, aunque siempre que me lo he propuesto he adelgazado con más o menos rapidez. El problema siempre ha sido el mantenerse, de ahí que sea horizontalmente inestable. Sobretodo si mis carnes fofas y chiclosas creen que es más cómodo desparramarse y bailotear que mantenerse firmes, aguantando el tipo.

    Ser mujer es difícil. Hormonalmente inestable, horizontalmente inestable... todo es inestable. Dios seguro que estaba pensando en un barril de pólvora cuando nos creó. ¡Qué cachondo el jodío! Pues ná, todo será poner algo de mi parte y empezar a colocar carteles a mi alrededor del rollo "si me tocas exploto" o mejor, "No tocar. Material altemente inestable. Si desobedece esta orden, que sea por su cuenta y riesgo".

    Nota: Esta ida de olla no es más que otro de mis síntomas premenstruales. Disculpen las molestias.

     
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